Gertrudis de la Fuente, la bioquímica que investigó el caso del aceite de colza

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Marta Macho-Stadler, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Gertrudis de la Fuente Sánchez nació en Madrid en 1921. Su padre era maquinista de ferrocarril y su madre, ama de casa. Cuando tenía seis años, la familia tuvo que trasladarse a Estación Arroyo-Malpartida por el trabajo de su padre. En aquel poblado ferroviario de Cáceres, y a pesar de sus grandes capacidades, Gertrudis solo pudo cursar la enseñanza básica que estaba destinada a las niñas. Su objetivo primordial era educar a las jóvenes “para ser buenas amas de casa, atender al marido, coser bien y hacer buenos remiendos”.

En el precioso documental Gertrudis (la mujer que no enterró sus talentos), comenta:

“”En 1931, cuando yo tenía 9 años, próxima a cumplir 10, se proclamó la República. […] A través de ‘El Liberal’ había conocido a los intelectuales y a las mujeres inteligentes que la República había sacado de la oscuridad. Y, entre ellas, Victoria Kent. Entonces yo decidí que quería ser como Victoria Kent”.

Gertrudis, ya con 9 años, tenía ganas de comerse el mundo.

 

En 1935 su padre se jubiló y la familia regresó a Madrid. Allí Gertrudis pudo comenzar sus estudios de bachillerato. Los finalizó en 1942, con una nota media de matrícula de honor, a los 21 años.

La bioquímica: una ciencia emergente

Aunque ella quería hacer la carrera de matemáticas, la desanimaron. Su segunda opción, la carrera de física, tampoco era adecuada para mujeres. Así que comenzó a estudiar química en la Universidad Complutense de Madrid, donde se licenció en 1948.

Mientras daba clases para ganar algún dinero, comenzó su tesis doctoral en la Facultad de Farmacia bajo la dirección de Ángel Santos Ruiz, el único catedrático de bioquímica del país. Allí también conoció al médico y bioquímico Alberto Sols, que acababa de regresar de Estados Unidos invitado a impartir un seminario en la facultad.

Gertrudis se enganchó definitivamente a la bioquímica al escuchar las palabras del científico. Tras defender su tesis en 1954, la ya doctora en Farmacia se incorporó al grupo de Sols: en este equipo desarrollaría toda su investigación posterior.

Gertrudis comenzó estudiando el transporte de azúcares en las levaduras, los mecanismos de la catálisis enzimática y sus problemas en el metabolismo de los carbohidratos, necesario para el aporte de energía a nuestro organismo. Es decir, se dedicó a la enzimología, disciplina bioquímica centrada en el estudio y caracterización de las enzimas, las biomoléculas que catalizan las reacciones químicas en los sistemas biológicos.

Gertrudis pensaba que la bioquímica debía incorporarse a los estudios de medicina. Sabía que la presencia o ausencia de determinadas enzimas era una forma eficiente de diagnosticar algunas enfermedades. Además de insistir para que la bioquímica se incluyese en cursos y asignaturas, también se volcó en la enzimología clínica, participando en el desarrollo de distintos sistemas de diagnóstico.

Su investigación la realizó en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). En 1956 consiguió por oposición un puesto de colaboradora, cuatro años más tarde una plaza de investigadora y en 1962 uno de profesora de investigación. Posteriormente, fue nombrada catedrática ad honorem en la facultad de Medicina de la recién creada Universidad Autónoma de Madrid.

“Me pusieron al frente de la comisión de investigación del síndrome tóxico, porque yo era la única que hablaba con los aceiteros, con los analistas y con los médicos”.

En 1981, Gertrudis fue destinada a coordinar la investigación del síndrome tóxico del aceite de colza, una intoxicación masiva sufrida en España desde la primavera de aquel año. El primer caso apareció el 1 de mayo de 1981. Hasta el 10 de junio, cuarenta días más tarde, no se descubrió el motivo que lo causaba.

Según los estudios forenses y los análisis clínicos recogidos por la sentencia que condenó a los responsables de la intoxicación, este envenenamiento afectó a más de 20.000 personas y provocó la muerte de unas 1.100 mujeres y hombres en nuestro país.

Se condenó a los industriales responsables de la comercialización de este aceite y al Estado como responsable civil subsidiario. La sentencia sostenía que el aceite de colza, desnaturalizado para uso industrial, fue desviado conscientemente al consumo humano debido a “un desmedido afán de lucro”.

Una científica muy productiva y comprometida

Gertrudis de la Fuente falleció en 2017 a los 95 años.

María Jesús Santesmases, del Instituto de Filosofía del CSIC, la recordaba de esta manera:

“Gertrudis de la Fuente es una de las representantes más influyentes de las científicas españolas que desarrollaron su carrera durante el franquismo y en la democracia, una larga vida científica, con una actitud política activa y serena, y al día de los problemas sociales, las desigualdades y las mujeres, sobre lo que se manifestaba con claridad. Bajo su apariencia modesta había una científica muy productiva, y una mujer comprometida.”

Parte de estas preocupaciones pueden escucharse en Gertrudis (la mujer que no enterró sus talentos). En este documental, esta pionera de la bioquímica opina con firmeza sobre temas como la discriminación de las mujeres y la política científica en nuestro país.

Como científica, Gertrudis de la Fuente siempre estuvo a la sombra de Alberto Sols. [Ella misma se consideraba una investigadora “secundaria”]:

“Se puede decir que he sido una persona de apoyo. Yo me di cuenta en seguida de una cosa muy importante, que Sols tenía un cerebro privilegiado”“.

Sin embargo, aquellas personas que conocieron de cerca su trabajo la consideran como una impulsora esencial de la bioquímica en España.


Este artículo ha tenido como referencia principal ”Gertrudis de la Fuente, la pionera de la bioquímica que se empeñó en estudiar a pesar de todo“, publicado en el blog Mujeres con ciencia de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU.The Conversation


Marta Macho-Stadler, Profesora de matemáticas, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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